lunes, 30 de noviembre de 2009
Vivir solos
Entro en un bar para celebrar algo que no recuerdo y me siento al final de la barra a beber y a brindar por mí. Conmigo. Echo un vistazo y miro si hay algún compañero de fortuna. Buena o mala, ¿qué más da? Pero no, sólo veo las tonterías que había oído antes. Y es que a ellos, Dios los cría y los junta, regordetes y con traje. A nosotros no nos cría ni la Virgen. Mis amigos y yo nos hemos juntado poco a poco. Uno a uno. Uno a una. Nos hemos seleccionado en cualquier calle o en cualquier garito donde hayamos coincidido quitándonos la vida. Quitándonos la vida con una imprudencia meticulosa. Y aquí estamos, mis “estudios” y yo; recordando cómo nos hemos agujereado la piel, cómo la hemos acercado a un corazón mil veces roto por los mismos amores. Mientras ellos se ríen a mi alrededor de algún chiste verde, yo sonrío y pienso en que nuestra sangre ha lavado más de un honor, y pienso en que sólo algunas de nuestras cicatrices nos traen malos recuerdos y pienso en lo mucho que tenemos que reprocharnos y lo poco de que arrepentirnos. Sonrío tras la copa por todos los amigos que han muerto en las batallas a las que algunos sobrevivimos. Nos podemos contar, sin ponernos colorados, entre las victimas de la peste del siglo XX. Nos han encerrado por casi todo sin haber hecho casi nada; por abusar de nosotros mismos. Me río de eso y de mucho más que a nadie le importa. Y bromeo conmigo mismo sólo de pensar que todo lo que a mí me hace gracia haría palidecer a cualquiera de estos idiotas que lloran sus carcajadas. Me pido otra copa, que parecen dos, y brindo por cualquiera de mis amigos ausentes, tan saturados de vida todos...y de bebida algunos.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario