domingo, 13 de septiembre de 2009

Escribieron frenéticos toda la noche balanceándose y rodando sobre sublimes encantamientos que en el amarillo amanecer eran estrofas incoherentes. Tiraron sus relojes desde el techo para emitir su voto por una eternidad fuera del tiempo, y cayeron despertadores en sus cabezas cada día por toda la década siguiente. Fueron quemados vivos en sus inocentes trajes de franela entre explosiones de versos plúmbeos y el enlatado martilleo de los férreos regimientos de la moda y los gritos de nitroglicerina de maricas de la publicidad y el gas mostaza de inteligentes editores siniestros y fueron atropellados por los taxis ebrios de la realidad absoluta.

Allen Ginsberg.

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